El carisma liberador

“Gloria a Ti Trinidad y a los cautivos Libertad”

El proyecto de vida religiosa que nació con San Juan de Mata era, ciertamente, algo nuevo en la Iglesia medieval. Un proyecto de vida religiosa volcada a la misión en el  mundo, en la ciudad y en los caminos, y hasta los márgenes mismos de la cristiandad. Un proyecto inédito, de vida religiosa para el servicio de misericordia y redención, y todo él en función de ese servicio. Realmente, Juan de Mata necesitaba Regla propia, e Inocencio III no duda en aceptar su propuesta.

La orden que funda Juan de Mata es la “Orden de la Santa Trinidad y de la redención de los cautivos”; las casas de la orden son “casas de la Santa Trinidad para la redención de los cautivos”; y los hermanos de Juan de Mata son “hermanos de la Santa Trinidad y de los cautivos”. ¿Qué hay de original en esta repetida conexión de Trinidad y redención de los cautivos?

  • Rescatar a los hermanos en cautividad

    A Juan de Mata no le fascina la empresa militar de la liberación de los Santos Lugares. Lo que golpea su espíritu y su sensibilidad es la situación inhumana de las víctimas de esa empresa, de los hermanos en la fe sumidos en la noche de la cautividad. El proyecto de Juan de Mata no tiene nada que ver con la empresa militar. Es un proyecto de misericordia, no de estrategia; un proyecto, por tanto, completamente “desarmado”, con la única finalidad de rescatar de la cautividad a los hermanos en la fe.

    El proyecto de Juan de Mata era la primera institución oficial en la Iglesia dedicada plena y específicamente al servicio de redención. Y era también, la primera institución oficial que afrontaba este servicio de ese modo: con las manos desarmadas, sin otra armadura que la misericordia, sin otra intención que la de devolver la esperanza a los hermanos en la fe bajo el yugo de la cautividad. En la primavera de 1199, Juan de Mata organiza y encabeza la primera expedición redentora, y el Papa lo presenta al dirigente musulmán en una carta que define los rasgos evangélicos de su empresa: se trata -escribe el Papa- de un “servicio de misericordia”; el hermano Juan y sus compañeros, movidos tan sólo por el mandato evangélico, han fundado “una orden”, una nueva comunidad en la Iglesia, y como tales se presentan ante vosotros: con las manos limpias y desarmadas, sin otro móvil en su acción que devolver a la libertad a sus hermanos en la fe.

    La empresa era también nueva, por cierto, para “los enemigos de la fe”, para los musulmanes. La propuesta de estos cristianos, avalada por la palabra del Pontífice, debió resultarles del todo sorprendente, además de convincente y ventajosa. Cautivos había en ambas partes. Más, sin duda, en las prisiones musulmanas que en las cristianas. Pero víctimas hubo en ambos lados, y en ambos lados fueron sometidas, más o menos a los mismos sufrimientos: a las cadenas, a la explotación, a la esclavitud, a la presión religiosa e ideológica, a la tortura... Se entiende demasiado bien que muchos de ellos, de una y otra parte, se pasaran a “la otra fe” para verse liberados de las cadenas. Era lo que más preocupaba a la Iglesia oficial: la apostasía de sus fieles.

    En Juan de Mata hallamos también, por supuesto, la preocupación por la fe de sus hermanos cautivos. Perder la fe era perder prácticamente todo: la propia identidad, el sostén de la existencia, el propio hogar cálido y con sentido. A Juan de Mata le preocupan los hermanos en la fe cautivos , que son los hermanos en la fe más débiles, los más pequeños, los pobres e indefensos, aquellos que no pueden autorrescatarse, que están condenados, sin esperanza, a las cadenas de la cautividad, a perder su dignidad y su fe. Rescatar, devolver a la libertad a estos hermanos más débiles e indefensos: esa es su obra, esa la misión que propone a sus hermanos de la Santa Trinidad.
     

  • Desde la Trinidad

    Si esa obra era nueva para los “enemigos de la fe”, no menos nueva era la identidad con que se presentaban estos redentores: “hermanos de la Santa Trinidad”, “redentores trinitarios”. Juan de Mata crece en un ámbito marcado notablemente por la espiritualidad trinitaria. Una espiritualidad que veía en la Trinidad no un misterio abstracto, sino al Dios vivo y salvador, al Dios apasionado por la vida de los hombres. Y esa espiritualidad es la que inspiró la identidad de su obra.

    Poner bajo el nombre de la Santa Trinidad la obra de la redención de los cautivos cristianos era, por otra parte, un signo verdaderamente profético de cara a los musulmanes, “creyentes de la Unidad”. Estos, efectivamente, consideraban a los cristianos como herejes, enemigos de su fe, porque eran justamente “creyentes en la Trinidad”, es decir, “trinitarios”. Los “trinitarios” eran para ellos enemigos de la fe y violentos. En semejante atmósfera, poner la obra del rescate de cautivos bajo el nombre de la Santa Trinidad era romper con esa experiencia de violencia y poder e introducir una nueva experiencia de liberación, de misericordia y de paz. Era mostrar un nuevo rostro del Dios cristiano. Era ligar la Santa Trinidad al amor y a la misericordia, al servicio y a la paz.

    Pero los redentores no llevaban sólo el nombre de la Trinidad, levaban también una cruz en el pecho, una cruz roja y azul resaltando sobre el blanco de su hábito. Era otro signo aparentemente provocativo, pues los “enemigos de la Trinidad” eran, como sabemos, también “enemigos de la cruz de Cristo”. De hecho, la cruz de los cruzados era para ellos un signo inquietante de violencia. No así, en cambio, la cruz de los “redentores trinitarios”. Era una cruz también diferente: una cruz desarmada e impotente, una cruz pacífica y conciliadora. El signo de la violencia se convertía en el pecho de los hermanos de la Santa Trinidad en un signo de liberación y de paz.

    Los “redentores trinitarios” eran también, por último, creyentes trinitarios diferentes, que traían una noticia distinta, una buena nueva de liberación, de misericordia y de paz en nombre del Dios cristiano. Juan de Mata no dejó ningún tratado, ningún escrito sobre la Trinidad, ni sobre su defensa en tiempos de herejía antitrinitaria. Pero su obra y su herencia fueron un testimonio vivo y convincente de la verdad del Dios cristiano. Y los “hermanos de la Santa Trinidad” tampoco fueron brillantes teólogos, pero sí testigos vivientes del Dios cristiano, de un Dios de vida y de misericordia, un Dios de libertad y de salvación para los hombres. Así, a partir de aquellas primeras redenciones en la primavera de 1199, se le abrieron las puertas al fundador para implantar la orden e intensificar su obra.

  • La división “trinitaria” de los bienes

    La fraternidad trinitaria se constituye desde la Trinidad para el servicio de redención y misericordia. En el segundo capítulo de la Regla, y partiendo del simbolismo trinitario, Juan de Mata establece que todos los bienes de las casa de la Santa Trinidad, se han de dividir en “tres partes”, de las cuales una se destinará a la redención de los hermanos en cautividad y otra al servicio de misericordia. Sólo la tercera parte la reservarán los hermanos para su sustento.

    El programa era, en realidad, limpia y radicalmente "trinitario”, evangélico y profético. Los hermanos de la Santa Trinidad comenzaron muy pronto, tras el impacto de la primera redención, a recibir donaciones en terrenos y bienes de familias pudientes, muchas de las cuales tenían algún miembro prisionero en la cautividad musulmana. La urgencia y actualidad de las redenciones pudo convertirse en un pingüe negocio. Pero el fundador cortó de raíz este peligro. Los hermanos de la Santa Trinidad no sólo han de realizar el servicio de redención, sino que deben vivir en función de ese servicio; no sólo han de recaudar fondos para rescatar a los hermanos cautivos, sino que han de ser efectivamente solidarios con ellos. Los trinitarios han de vivir en pobreza para ser redentores: pobres en solidaridad con los pobres.

    La redención de los cautivos se llevaba a cabo de dos formas fundamentalmente. Los cautivos con medios se autorrescataban con relativa facilidad. Esos no eran los destinatarios de la obra de los redentores trinitarios. Los cautivos de verdad eran los cautivos sin medios, los cautivos pobres. Y estos eran, bien canjeados por cautivos musulmanes en manos cristianas, bien rescatados por una determinada suma de dinero. La “tercera parte” de los bienes era una exigencia evangélica en solidaridad real con los más pobres. Una exigencia que hacía transparente el servicio redentor de los trinitarios.
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    Otra de la parte de los bienes debía destinarse al servicio de misericordia. A nivel local, cada casa de la Santa Trinidad debía ser un hogar abierto a las víctimas de la nueva vida emergente, a los hermanos más débiles que poblaban las ciudades y los caminos: a pobres, enfermos y peregrinos. Los hermanos de la Santa Trinidad debían abrir sus brazos y sus casas a los que iban y venían... Las casas de la Trinidad, eran efectivamente casas de acogida, eran pequeños hospitales, eran mesa y hogar para hambrientos y desposeídos. Y la fraternidad trinitaria era para ellos. Incluso materialmente.

  • Una Orden bajo el signo de la liberación

    La experiencia de liberación vivida en la primavera de 1199, cayó como una semilla en el terreno de la cristiandad y tuvo una sorprendente fecundidad para la nueva orden naciente. Al fundador se le abrieron los caminos y las manos para plasmar y extender su obra. Por generosidad evangélica o por evidente interés, los pudientes y el pueblo sencillo se volcaron en ella. Y el fundador desgastó el resto de sus días en hacerla realidad y en llevarla hasta los límites de la cristiandad. Las casas de la Santa Trinidad se multiplicaron en pocos años, sobre todo en la costa del sur francesa y en la frontera misma con el mundo musulmán, en España. Marsella, Arlés, Lérida, Avingaña, Toledo, Segovia y Burgos fueron, entre otras, las casas más importantes abiertas por el fundador.

    ​Diez largos años recorre el fundador los caminos del sur de Europa sembrando la esperanza de libertad para los hermanos en la fe reducidos a la cautividad. Desde un principio, efectivamente, la fraternidad trinitaria estuvo abierta, como no podía ser menos, a colaboradores laicos. El servicio de redención y misericordia no era exclusivamente sacerdotal; era una propuesta evangélica que implicaba a todos los creyentes en la Trinidad. Una propuesta que, de hecho, arrastró a muchos tras de sí.

    ​En 1208 encontramos a Juan de Mata en Roma. Allí recibe del Papa Inocencio III una casa en donación, que de inmediato convierte, como todas las casas de la orden, en hogar de acogida, pequeño hospital y centro de irradiación redentora. Desde esta sencilla casa de la Trinidad animó, potenció y coordinó la orden cinco años más, hasta su muerte en diciembre de 1213. Antes de morir quiso dejar a sus hermanos un “signo” de la inspiración. Un signo que tradujera en imágenes lo que la Regla había expresado en palabras. Y lo hizo encargando personalmente, para la fachada de la casa de Roma, un precioso mosaico con la imagen del Redentor en actitud de liberar de sus cadenas a dos cautivos, uno cristiano y otro infiel, y de canjearlos el uno por el otro. La Orden de la Santa Trinidad quedaba así, inequívocamente, bajo el signo de la liberación de los hermanos en cautividad.

    Signo de una liberación amplia y generosa, la imagen del mosaico expresaba con sorprendente claridad aquel gesto profético, aquella utopía oculta de una liberación sin fronteras, de una liberación que alcanza también al “enemigo de la fe”, a todo hermano en cautividad. El Redentor da la mano a ambos cautivos: al cristiano y al infiel; a ambos arranca de sus cadenas. Lo decisivo, lo evangélico, lo trinitario es la liberación, es romper las cadenas -todas las cadenas-; es liberar a los hermanos -a todos los hermanos- que han caído víctimas de la cautividad. Es lo esencial. Es la utopía evangélica de la liberación universal. El fundador dejaba a sus hermanos un auténtico signo profético. Y así lo entendería la orden en los mejores momentos de su larga y fecunda historia.

     

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